Son las 9:30 de la mañana, Ceuta ha amanecido con el Atlántico cubierto de gris y con el Mediterráneo soleado. Es uno de estos días de septiembre en los que la luz del final del verano te envuelve y maravilla. Pongo rumbo camino de la frontera para pasar a Marruecos, Tánger espera.

La primera parada en el control marroquí se plantea larga entre papeleo, trámites, y búsqueda del funcionario que selle el pasaporte. De repente, todos han desaparecido de las cabinas. Pero la paciencia es una virtud básica a este lado de la frontera. Me sorprende ver mujeres entre la guardia y los funcionarios, muchos años pasando y no recordaba estampa igual, allí dentro de esas “caracolas” trabajando. Marruecos está cambiando.

Habré cogido no sé cuantas veces la carretera que une Ceuta con la autovía de Tánger, esta vez iba a ser diferente. Tarifa se divisaba a un palmo de la mano, ponerte en la piel de los que esperan cruzar y erizarse cual gallina.  Es una locura, son 14 kilómetros de separación que llegan a ser un verdadero infierno, porque el Estrecho juega contigo a su antojo según quieran sus corrientes, sus vientos y tempestades.

En Marruecos son las 8:30 de la mañana, aún la vida tardará en mostrarse a este lado.  Cerca de la carretera, a unos 6 kilómetros de Ceuta toca el primer control de la policía marroquí, y más adelante a no más de 200 metros diviso tres o cuatro subsaharianos, los hombres pacientes, sentados sobre los quitamiedos de la carretera. Pregunto qué hacen, preocupada por la posibilidad de algún accidente, sin caer en la cuenta que esperan que alguien pare su coche y les dé dinero para vivir, o comida, o lo que sea, sin temer a la policía marroquí.

Un día después algo más tarde, a eso de las 12 de la mañana hora alauita, de vuelta a España, pasando por la misma carretera ya eran más de 50 pacientes pidiendo en plena carretera, los coches que veo parados, ayudándolos, son de matrícula española.
Hablo con amigos míos ceutíes, siempre paran a ayudar y darles unos dirhams. Una de ellas trabaja en un centro de acogida de inmigrantes en los que desde hace poco, acogen también a niños subsaharianos. Saben que el ébola va a llegar cualquier día a la ciudad autónoma, porque las ansias de pisar Europa son tales que el hombre paciente que salta la valla oculta la realidad sobre el tiempo que ha tardado en pisar territorio español. “Tres días con sus noches se tardan en coche del sur al norte de Marruecos, pero algunos dicen 23 días”.

No debería existir la devolución en caliente, incluso no es la solución cuando por ejemplo, en Ceuta cientos de sirios acampados frente a la Delegación del Gobierno, en pleno centro de la ciudad, llevan meses esperando una solución que los lleve a la península. Sirios que no saltaron una valla, sino que cruzaron a pie la frontera con pasaporte marroquí falso, huyendo de una guerra, pidiendo asilo político.

Las vallas que tan de actualidad están en los informativos no son cosa de año y medio. Ya en la década de los noventa se amotinaron muchos subsaharianos en Ceuta, cortando el paso de un lado de la ciudad a otro con un motín en plenas Murallas Reales, exigiendo su traslado a la península, una verdadera batalla campal que acabó con heridos.

La insesibilidad que muchos presuponen tienen tanto ceutíes y melillenses con el problema de la inmigración se deshace en pedazos en dos momentos que convivas con ellos y sus problemas. Todos son los hombres pacientes de una situación que no encuentra solución. Y es que si los de arriba no saben…

Marta Segura

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